Dime si no es para acojonarse, Pepe. Tú vas un
domingo paseando tranquilamente por la calle, y te encuentras
con un tipo que es exactamente igual a ti. Porque, uno lleva
cuarenta años mirándose en el espejo todas las
mañanas, y te digo que como si me estuviera viendo
en el espejo. No sé si te sitúas. Y el tipo
ese me vio a mí también. Te puedes imaginar
la cara que puso. Más o menos la que debí de
poner yo. Y no es para menos, vamos. Figúrate. Llevo
una semana sin pegar ojo. Porque, verás, que ahí
no acaba la cosa. Al tipo ese le he vuelto a ver un par de
veces, y el cacho desgraciado se ríe. Pero no ja,
ja, ja; no. El tipo te echa una sonrisa retorcida, como
de estar tramando algo, que te hiela la sangre. Porque la
verdad es que tiene mala pinta. El tío tiene mala pinta.
Conque se lo cuento a Ramos, ya sabes tú cómo
es Ramos, y me dice que oído al parche, que ese tipo
me puede meter en problemas: que ahora mismo le da por robar
un banco, o se cepilla a un tío, y se me cae el pelo
a mí. Qué te parece. A mí. Sin comerlo
ni beberlo. Y le digo a Ramos que qué me aconseja,
y me dice que está difícil, que como no me adelante
yo y le haga la putada a él... Qué te parece.
Así que estoy que no vivo, chico. Llevo dándole
vueltas a la chocolatera desde el otro día, y no sé
cómo va a acabar esto. ¡Y es que no quiero hacer
un disparate!
Estos
microrrelatos de Roberto Lumbreras Blanco fueron publicados
originalmente en el libro Mundos Mínimos, editado
por la Cátedra Miguel Delibes.