La ambulancia numero
5 corría a una velocidad inusitada, incluso para una
ambulancia; se diría que más que correr iba
en volandas con su hélice de luz; se diría que
el piloto de la ambulancia era un piloto de pruebas de ambulancias,
que quería batir el récord de velocidad punta
de ambulancias.
Como había pocos
transeúntes por la final de fútbol, la ambulancia
número 5 invadía calles peatonales y sorteaba
las fuentes, las estatuas, los bancos y kioscos.
Como era la final de
fútbol, el conductor de la ambulancia número
5 bajó el volumen de la sirena y puso la radio para
oír el partido. Y en una jugada de peligro, la ambulancia
número 5 atropelló a una pareja de turistas.
La ambulancia número 5 recogió a los atropellados
y aumentó la velocidad para recuperar el tiempo perdido,
practicando atajos temerarios.
En el recorrido angustioso
hasta el hospital, la ambulancia atropelló y evacuó
un total de nueve peatones. La ambulancia número 5
parecía un autobús recorriendo su itinerario
urbano, en una película a cámara rápida.
Pero en ningún momento el conductor apagó la
radio, porque el frenesí del locutor deportivo le servía
al conductor para avivar la marcha de la ambulancia.
Al fin, la ambulancia
número 5 llegó al hospital, tragándose
la barrera del control. Los atropellados presentaban síntomas
de asfixia, pero todos se salvaron gracias a la rapidez con
que fueron transportados, con riesgo de la vida del conductor
de la ambulancia. Esto sirvió como agravante y a la
vez atenuante en el juicio al conductor. También contribuyó
a salvarlo de la cárcel la declaración de una
anciana que salía de misa cuando fue atropellada:
-Doy gracias a
Dios: si no me hubiese atropellado una ambulancia, ahora no
lo estaría contando.
Estos microrrelatos de Roberto Lumbreras
Blanco fueron publicados originalmente en el libro Mundos
Mínimos, editado por la Cátedra Miguel Delibes.