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La ascensorista de noche trabajaba en un famoso hotel
de Nueva York, era eficiente, guapa, y su uniforme le
sentaba muy bien y la hacía aún más
guapa. Antes de ser ascensorista de noche había
sido ascensorista de día en una gran firma de seguros,
pero el jefazo estaba encaprichado de ella y quería
que la ascensorista trabajase por el día y también
por la noche en un apartamento prestado. |
A la ascensorista de noche le aseguró un adivino
que encontraría al hombre de su vida en el mismo
ascensor, y un matemático le calculó las
altas probabilidades de que hallara su gran amor, no en
Central Park, sino en la exigua extensión de su
puesto de trabajo. Desde entonces la ascensorista confundía
el trabajo con el placer, y veía por el rabillo
del ojo cómo la observan los viajeros de tan corto
viaje. |
Daba tan buena imagen la ascensorista de noche que
su foto apareció en la publicidad del hotel, y
en un artículo titulado La Tentación sube
y baja. Tuvo tal repercusión que se incrementó
notablemente el número de clientes masculinos,
y hasta los varones neoyorkinos querían de pronto
no ser neoyorkinos para poder alojarse en el ascensor
de aquel hotel. |
A pesar del trasiego, la ascensorista no quiso cambiar
de trabajo ni de turno, porque un taxi driver insomne
le reveló que la noche era más propicia
para el amor. Pero en tan corto trayecto, la ascensorista
de noche no podía mantener un diálogo, cuanto
menos iniciar una relación. Por eso la ascensorista
se cambió a un hotel-rascacielos de 108 pisos de
altura. En el nuevo ascensor gigante, la ascensorista
de noche leía comics de Superman y relatos de Paul
Auster, y cuando se abría la puerta siempre la
sorprendían con ojos soñadores y una media
sonrisa de ilusión que la hacían aún
más atractiva e interesante. |
En el nuevo edificio había muchos más
pisos y el trayecto era mucho más largo, pero había
muchos más hombres. ¡Aquí no
hay intimidad!, protestó una vez en presencia
de un magnate del petróleo, y el magnate le ofreció
ser la ascensorista número 15 de su harén.
El magnate le aclaró que en su ascensor sólo
iba un hombre, él, y que el ascensor tenía
15 departamentos con celosías para las 15 ascensoristas.
A la ascensorista le dio un ataque de risa por aquella
proposición y tuvo que ocultarse la boca con un
libro de Susan Sontag. |
Desde entonces, la ascensorista de noche no dormía
bien por el día, tenía continuas pesadillas
y hasta tuvo que acudir al psicoanalista. La causa que
no le dejaba dormir era la fobia a quedarse encerrada
en el ascensor con un hombre no deseado. El psicoanalista
le confirmó que era una fobia con cierto fundamento,
pues había tres clases de hombres: los tímidos,
los románticos y los rapidillos; pero todos tenían
la misma fantasía de quedarse toda la noche encerrados
en el ascensor con una monada de ascensorista de noche.
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Debido a su fobia, la ascensorista hacía revisar
al más mínimo ruido el ascensor. Pese a
ello, su destino estaba marcado, como le habían
dicho el adivino, el matemático y el taxista. Y
así sucedió. Un día el hotel fue
blanco de una bomba terrorista, y el ascensor se quedó
atrapado en el piso 69. ¡Menos mal que acababa de
dejar al último cliente, porque la ascensorista
era muy supersticiosa con los números cabalguísticos!
¡Y menos mal que los bomberos acudieron pronto,
y que uno de ellos llevaba una botella de oxígeno,
y abrió la puerta del ascensor como si se tratase
de una lata de sardinas! El bombero, fuerte e inteligente,
tenía el cuerpo de King Kong y la cara de Wody
Allen, y nada más verlo la ascensorista sintió
el flechazo: ¡ése era su hombre! El bombero
la reanimó, la sacó en brazos del rascacielos
y, sin dejar de reír, fueron los dos paseando por
la Quinta Avenida y les amaneció desayunando ante
Tiffanys. |
Y
(coda del The End)
La ascensorista
de noche y su bombero vivieron juntos, se casaron, se
divorciaron, se volvieron a casar, fueron razonablemente
felices en la Ciudad de los Ascensores, y hacían
tan buena pareja neoyorquina que fueron elegidos pareja
neoyorquina del año. |
Estos
microrrelatos de Roberto Lumbreras Blanco fueron publicados
originalmente en el libro Mundos Mínimos, editado
por la Cátedra Miguel Delibes.
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