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........................   La ascensorista de noche - Roberto Lumbreras Blanco
 

 

         La ascensorista de noche trabajaba en un famoso hotel de Nueva York, era eficiente, guapa, y su uniforme le sentaba muy bien y la hacía aún más guapa. Antes de ser ascensorista de noche había sido ascensorista de día en una gran firma de seguros, pero el jefazo estaba encaprichado de ella y quería que la ascensorista trabajase por el día y también por la noche en un apartamento prestado.

         A la ascensorista de noche le aseguró un adivino que encontraría al hombre de su vida en el mismo ascensor, y un matemático le calculó las altas probabilidades de que hallara su gran amor, no en Central Park, sino en la exigua extensión de su puesto de trabajo. Desde entonces la ascensorista confundía el trabajo con el placer, y veía por el rabillo del ojo cómo la observan los viajeros de tan corto viaje.

         Daba tan buena imagen la ascensorista de noche que su foto apareció en la publicidad del hotel, y en un artículo titulado La Tentación sube y baja. Tuvo tal repercusión que se incrementó notablemente el número de clientes masculinos, y hasta los varones neoyorkinos querían de pronto no ser neoyorkinos para poder alojarse en el ascensor de aquel hotel.

         A pesar del trasiego, la ascensorista no quiso cambiar de trabajo ni de turno, porque un taxi driver insomne le reveló que la noche era más propicia para el amor. Pero en tan corto trayecto, la ascensorista de noche no podía mantener un diálogo, cuanto menos iniciar una relación. Por eso la ascensorista se cambió a un hotel-rascacielos de 108 pisos de altura. En el nuevo ascensor gigante, la ascensorista de noche leía comics de Superman y relatos de Paul Auster, y cuando se abría la puerta siempre la sorprendían con ojos soñadores y una media sonrisa de ilusión que la hacían aún más atractiva e interesante.

         En el nuevo edificio había muchos más pisos y el trayecto era mucho más largo, pero había muchos más hombres. “¡Aquí no hay intimidad!”, protestó una vez en presencia de un magnate del petróleo, y el magnate le ofreció ser la ascensorista número 15 de su harén. El magnate le aclaró que en su ascensor sólo iba un hombre, él, y que el ascensor tenía 15 departamentos con celosías para las 15 ascensoristas. A la ascensorista le dio un ataque de risa por aquella proposición y tuvo que ocultarse la boca con un libro de Susan Sontag.

 

         Desde entonces, la ascensorista de noche no dormía bien por el día, tenía continuas pesadillas y hasta tuvo que acudir al psicoanalista. La causa que no le dejaba dormir era la fobia a quedarse encerrada en el ascensor con un hombre no deseado. El psicoanalista le confirmó que era una fobia con cierto fundamento, pues había tres clases de hombres: los tímidos, los románticos y los rapidillos; pero todos tenían la misma fantasía de quedarse toda la noche encerrados en el ascensor con una monada de ascensorista de noche.

         Debido a su fobia, la ascensorista hacía revisar al más mínimo ruido el ascensor. Pese a ello, su destino estaba marcado, como le habían dicho el adivino, el matemático y el taxista. Y así sucedió. Un día el hotel fue blanco de una bomba terrorista, y el ascensor se quedó atrapado en el piso 69. ¡Menos mal que acababa de dejar al último cliente, porque la ascensorista era muy supersticiosa con los números “cabalguísticos”! ¡Y menos mal que los bomberos acudieron pronto, y que uno de ellos llevaba una botella de oxígeno, y abrió la puerta del ascensor como si se tratase de una lata de sardinas! El bombero, fuerte e inteligente, tenía el cuerpo de King Kong y la cara de Wody Allen, y nada más verlo la ascensorista sintió el flechazo: ¡ése era su hombre! El bombero la reanimó, la sacó en brazos del rascacielos y, sin dejar de reír, fueron los dos paseando por la Quinta Avenida y les amaneció desayunando ante Tiffany’s.

         Y… (coda del The End)… La ascensorista de noche y su bombero vivieron juntos, se casaron, se divorciaron, se volvieron a casar, fueron razonablemente felices en la Ciudad de los Ascensores, y hacían tan buena pareja neoyorquina que fueron elegidos “pareja neoyorquina del año”.

Estos microrrelatos de Roberto Lumbreras Blanco fueron publicados originalmente en el libro Mundos Mínimos, editado por la Cátedra Miguel Delibes.