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I Muerte y
resurrección de un héroe de masas
Sherlock Holmes aparece por primera
vez en Estudio en Escarlata (1887) y El signo de los
cuatro (1890); ambas novelas tuvieron en su momento
una poco entusiasta acogida por parte de la crítica
y el público, pronosticando de esta manera un
futuro poco alentador para el detective. Pero aquello
no sería más que una ilusión. Muy
poco después, el detective se convertiría
en un personaje de éxito cuando sus casos, en
forma de relatos cortos, empezasen a ser publicados
en el Strand Magazine.
De la noche a la mañana se
había convertido en un héroe de masas,
y aquello trajo sus inconvenientes. Doyle empezaría
a sentirse abrumado por una situación y un personaje
que no le dejaban centrarse en asuntos que consideraba
más serios, como la novela histórica.
Por ello, antes incluso de finalizar las doce primeras
historias que juntas terminarían componiendo
Las aventuras de Sherlock Holmes (1892), comenzaría
a acariciar la idea de matar a su creación. Así,
y tras haber escrito algo más de una veintena
de historias, en El problema final, último relato
de la serie Las memorias de Sherlock Holmes (1894),
se lo quitaría de en medio arrojándole
por las cataratas del Reichenbach junto a su archienemigo
Moriarty, consumando de esta manera sus deseos.
El público comprobó
atónito cómo se acababa miserablemente
con la vida del mayor detective de todos los tiempos,
y las protestas no pudieron ser más enérgicas
ante tan cruel asesinato. Doyle empezaría a recibir
una avalancha de cartas no precisamente agradables,
e incluso su madre le inquirió a que diera alguna
solución a aquella insensatez. El personaje de
ficción había adquirido tal fuerza y personalidad
que terminaría imponiéndose sobre el autor:
Finalmente, la presión obligaría a Doyle
a publicar en 1902 la novela El sabueso de los Baskerville,
y poco más tarde terminaría resucitándolo
en La aventura de la casa vacía.
Tras protagonizar otros tantos casos,
recogidos en El regreso de Sherlock Holmes (1905) y
El último saludo de Sherlock Holmes (1917), y
resolver otro gran misterio en El valle del terror (1915),
Doyle por fin lograría retirar a su personaje.
Esta vez sin provocar el revuelo del público.
Arrancándole de su querido Londres, se le obligaría
a llevar una sencilla y honrosa vida en el campo, en
donde emplearía sus dotes de observación
ya no en la búsqueda de asesinos, chantajistas
o espías, si no en el estudio de la apicultura.
Mas ahí seguiría Watson, el cronista,
y sin duda añorando tiempos mejores junto a su
amigo, acabaría dando a conocer algunos de los
más brillantes casos nunca contados, reunidos
en El archivo de Sherlock Holmes (1927).
Conan Doyle hizo desfilar a su detective
por cuatro novelas y cincuenta y seis relatos recopilados
en cinco volúmenes. Esta obra es conocida comúnmente
como el Canon Sherlockiano, realizada entre 1887 y 1927.
Como una maldición, Sherlock Holmes terminaría
acompañando a Conan Doyle a lo largo de toda
su vida.
II El éxito
de Sherlock Holmes
Doyle dio con el éxito gracias
a Sherlock Holmes, casi por casualidad y sin haberlo
buscado, como suele ocurrir en la mayoría de
los casos.
El autor logró crear casi sesenta retos dignos
del mayor detective de todos los tiempos, escritos con
una gran calidad narrativa y una imaginación
desbordante. Pero quizá los aspectos principales
de su éxito haya que buscarlos tanto en la fórmula
y la estructura que se utilizó para la confección
de los relatos (planteamiento de un problema y resolución
de éste) como en esos personajes tan fuera de
lo común que desfilan por toda la obra, así
como en la perfecta ambientación de las narraciones.
La estructura:
La mayoría de las aventuras
de Sherlock Holmes se estructuraron de la misma manera:
Al comenzar la narración, un personaje irrumpe
en escena planteando un problema (principio); tras ello,
se lleva a cabo una investigación cuyo objetivo
es el esclarecimiento de éste, (nudo), el cual
finalmente es resuelto, tras lo que el detective explica
paso a paso cómo lo ha logrado, a partir de un
proceso deductivo y analítico (final).
Gran parte de los problemas planteados son un auténtico
desafío para el detective, pero siempre hay una
pequeña pista, un mínimo desliz del villano
o una pieza oculta a primera vista, que sirven para
que la gran mente deductiva y observadora de Holmes
llegue a la solución. La sociedad victoriana
en particular y toda la sociedad de finales del siglo
XIX y principios del XX en general, debieron maravillarse
ante el hombre que no solo era capaz de resolver unos
misterios en apariencia imposibles, sino que también
describía cómo lo había logrado,
haciendo así partícipe a todo el mundo
de su genio.
Los personajes:
Sherlock Holmes: El
gran detective es una eminencia en muchos campos y un
ignorante en otros tantos; sus conocimientos en muchas
materias esenciales son nulos, e incluso no tenía
ni idea de que la tierra girase alrededor del sol. Es
misógino, vanidoso, egocéntrico y tremendamente
desordenado, pero también un auténtico
virtuoso del violín y todo un caballero, con
un profundo sentido de la justicia y exquisito tacto.
Poco se sabe de su pasado y su familia, puesto que no
es dado a hablar sobre asuntos personales.
De la misma manera que el frenesí puede invadirle
en medio de una investigación, es proclive, en
momentos de poca actividad mental, a caer en estados
de apatía que en ocasiones le llevan a las drogas.
Vive para y por su profesión, y el resto, excepto
alguna que otra cosa, le viene a importar más
bien poco.
El doctor John Watson: Salvo
por el valor y la fidelidad que profesa al detective,
el buen médico y cronista no destaca especialmente
en nada, y eso es precisamente lo que crea un fuerte
contraste entre ambos personajes. No comprende muchas
de las manías y excentricidades de su compañero,
pero no por ello deja de admirar y de asombrarse ante
los logros de aquel que considera como el mejor y más
sabio hombre que ha conocido.
Mycroft Holmes: Según
el propio Sherlock, si alguien es superior en deducción
y observación a él, ese es su hermano
Mycroft, quien asimismo sería el mejor detective
del mundo si tuviera ambición y energía,
o si todo pudiera resolverse desde la comodidad de un
sillón. Fue uno de los fundadores del Club Diógenes,
el más raro de todo Londres, entre cuyos miembros
es fácil encontrar a algunos de los hombres más
insociables de toda la ciudad. Trabaja para el Gobierno
británico desempeñando un curioso puesto,
y su palabra llegó a decidir la política
de la nación en varias ocasiones. Si bien en
pocos, Doyle le hace aparecer en algunos de los relatos.
James Moriarty: Matemático
prodigioso, y cabeza pensante de un complejo sindicato
internacional del crimen, Moriarty es la única
mente capaz de rivalizar con la de Holmes, quien a su
vez tiene en él a su mayor adversario. La fama
que ha adquirido no va pareja con su escasa presencia,
puesto que, a lo largo del Canon, únicamente
aparece en contadísimas ocasiones, y sólo
en una de ellas de forma activa. Eso sí, para
matar a nuestro protagonista.
Inspector Lestrade:
Astuto y brillante agente de Scotland Yard (a mí
me parecía astuto y brillante, que cada uno lo
juzgue como quiera) que ve con incredulidad los particulares
métodos deductivos del detective. Ambas mentes
son proclives a chocar y enfrentarse entre ellas. El
desdén con que suele tratar a Holmes, oculta
en el fondo un profundo respeto hacia su figura, y en
muchas ocasiones se tiene que tragar su orgullo y pedir
su ayuda en algún que otro caso fuera de lo común.
El ambiente:
Las historias no se desarrollan
en una ciudad vaga o difusa, sino en un Londres que
vibra de vida, en donde el lector es incluso capaz de
escuchar a los caballos hiriendo el empedrado de la
calle o a la lluvia golpeteando insistentemente los
cristales de Baker street. El autor se recrea hasta
en los más mínimos detalles de las gentes,
costumbres y rincones de la capital inglesa, que describe
milímetro a milímetro, creando un marco
tremendamente realista y colorido que ayuda a intensificar
la acción.
III - Sherlock
Holmes tras Conan Doyle
Décadas después de
la muerte de Doyle, Sherlock Holmes sigue entre nosotros
más vivo que nunca. El personaje se ha vuelto
inmortal y día tras día sigue sorprendiéndonos
con aventuras inéditas. Una gran número
de escritores, que van desde Adrian Conan Doyle hasta
Stephen King, ha ido redescubriendo un sinfín
de casos nunca contados por el Doctor Watson, convirtiendo
al detective en el personaje de ficción más
utilizado en la literatura. Todas estas historias son
conocidas con el nombre de pastiches.
Entre los más importantes,
cabría destacar el conjunto de doce relatos que,
englobados bajo el título de Las hazañas
de Sherlock Holmes, realizaron en colaboración
Adrian Conan Doyle (hijo del creador) y John Dickon
Carr, célebre escritor de novelas policíacas.
Estos relatos, basados en casos referidos pero nunca
contados por el doctor Watson a lo largo del Canon,
están considerados como los pastiches de mayor
calidad realizados hasta el momento, así como
la más fiel recreación del universo sherlockiano.
Quizá no tan fieles al Canon
pero sí de una calidad literaria evidente, son
las aventuras en las que Maurice Leblanc enfrenta a
Sherlock Holmes (quien pasa a llamarse Herlock Sholmes)
con Arséne Lupin, el bandido más famoso
de la literatura. Su creación fue contemporánea
a los escritos de Conan Doyle, y seguramente por estar
su figura todavía bajo derechos de autor, Leblanc
realizase esa curiosa cabriola con su nombre.
En estas historias se nos muestra a un Holmes (o Sholmes,
mejor dicho) un tanto exagerado, una caricatura, una
mezcla de fanfarrón refinado y tipo duro
que no tiene nada que ver con el original. Aún
así no deja de ser el único antagonista
digno de medirse con el ladrón de guante blanco
más famoso de toda Europa, aunque éste
siempre se le escape de las manos en el último
momento y de la forma más inverosímil.
Lejos de buscar la parodia como
en el caso de Leblanc, muchos autores rindieron tributo
al Canon desarrollando tramas fantásticas e incluso
retorcidas, intentando explicar de manera original algunos
de los misterios que giran en torno a la vida de Holmes
o simplemente pretendiendo dar un paso más allá
dentro del Mito. En La última aventura, de Michael
Diblin, nuestro personaje debe utilizar todo su ingenio
para dar caza a otro de los iconos más célebres
del Londres victoriano, Jack el Destripador. Todo acaba
cuando un asombrado doctor Watson descubre a su compañero
dedicándose en cuerpo y alma a descuartizar el
cuerpo de una muchacha. Por su parte en Adiós,
Sherlock Holmes, de Robert Lee Hall, se termina descubriendo
que Holmes y Moriarty en realidad son dos clones (uno
bueno y otro corrompido) que han venido del futuro,
en unas extrañas máquinas del tiempo que
mantienen a buen recaudo de ojos indiscretos.
También han sido muchos los
escritores españoles que han ayudado a engrandecer
el universo de Sherlock Holmes:
Así, por ejemplo, tenemos las hilarantes y disparatadas
historias escritas por Enrique Jardiel Poncela, entre
las que destaca Los 38 asesinatos y medio del castillo
de Hull, en donde el detective, tras someter las circunstancias
a la fuerza de la lógica, llega a la conclusión
de que él mismo tiene que ser el asesino, o Los
secretos de San Gervasio, de Carlos Pujol, cuya acción
se desarrolla en Barcelona y que nos muestra a un simpático
Holmes que se termina amoldando muy bien a las costumbres
españolas. En esta última obra la trama
detectivesca queda en un segundo plano, y tanto es así,
que se queda sin resolver un misterio que habría
sido un juego de niños para el Holmes de Doyle.
Uno de sus pocos fracasos a lo largo de su extensa carrera.
Pero Holmes no solo ha resuelto
infinidad de casos en los libros, sino también
en la gran pantalla. Desde muy temprano probaría
suerte en el mundo del cine, y a partir de principios
del siglo XX empezaría a asomar su aguileña
nariz en multitud de películas.
La vida privada de Sherlock Holmes,
de Billy Wilder, además de ser uno de los mejores
pastiches cinematográficos, está considerada
por muchos como una obra maestra. En 1914, en Alemania,
Rudolf Meinert dirige la primera versión de las
muchas que más tarde se harán sobre El
sabueso de los Baskerville. Entre la década de
los 30 y los 40, el actor Basil Rathbone protagonizaría
una quincena de películas, junto a Nigel Bruce,
en el papel de un tontorrón Watson. En Asesinato
por decreto, Christopher Plummer y James Mason deberán
dar caza a Jack el Destripador. El hermano más
listo de Sherlock Holmes, dirigida y protagonizada por
Gene Wilder, nos muestra a un desconocido hermano del
detective, un ser un tanto bobalicón y orgulloso,
pero con mucha suerte. Y finalmente podríamos
nombrar El secreto de la pirámide, producida
por Spielberg, en donde se juega con el Mito y se nos
presenta lo que habría ocurrido si Holmes y Watson
se hubiesen conocido de estudiantes en un internado.
En referencia a las producciones
hechas para la televisión, cabría destacar
la serie realizada por los estudios Granada entre 1982
y 1993, y que logró llevar a la pequeña
pantalla gran parte de los escritos del Canon. Jeremy
Brett (a quien el papel le costó la salud y quizá
la vida) encarnó a un ampuloso Holmes que sin
duda da el pego, y primero David Burke y luego Edward
Hardwicke a un magnífico y valeroso Watson. Destaca
su ambientación y su fidelidad al Canon, salvo
en algunos capítulos, como aquellos en los que,
debido a la delicada salud de Brett, tuvieron que incluir
a otros personajes que le relevasen en el trabajo.
IV Más
allá de la ficción
¿Hasta qué punto Sherlock
Holmes es ficción?
Cualquiera que vaya a Londres puede pasarse por Baker
street y darse una vuelta por su casa, e incluso leer
la ingente correspondencia que, desde todos los rincones
del mundo, ha ido llegando a nombre del detective.
También debe ser de los pocos (si no el único)
personaje ficticio al que han dedicado diversas biografías.
Parecerá increíble, pero ahí tenemos
la documentadísima obra de W.S. Baring-Gould,
Sherlock Holmes de Baker Street, que logra dar respuesta
a muchos de los interrogantes que rodean a su figura,
o la recientemente publicada Sherlock Holmes, Biografía,
de Paul M. Viejo.
Si no existió, ¿Cómo es posible
que su casa pueda ser visitada? ¿Y cómo
es posible que se pueda investigar sobre su vida?
Lo que ha pasado es que generaciones y generaciones
de sherlockianos han logrado dar vida al Mito, gracias
a su entusiasmo, a su nostalgia por ese Londres victoriano
tan bien descrito por Conan Doyle, y a la veneración
profesada al mayor detective de todos los tiempos.
¿Qué opinaría Arthur Conan Doyle
de todo esto? ¿Y el doctor Joseph Bell?
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