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........................   Sherlock Holmes, detective consultor - Fernando Fernández-Gil Domingo
 

 

Por medio de la observación detenida y reparando en los más nimios detalles, el doctor Joseph Bell, de la Universidad de Edimburgo, era capaz de determinar muchas cosas sobre un paciente. Bell incitaba a sus asombrados alumnos a utilizar su método deductivo y analítico; método que influiría en el joven Arthur Conan Doyle, quien más tarde lo emplearía para crear a su personaje más famoso.

Desde bien pronto, Sherlock Holmes se erigió como todo un icono cultural, y en la actualidad, su silueta tan característica, enmarcada por su nariz aguileña y frente prominente, se ha convertido en todo un tópico y un valiosísimo elemento del imaginario popular.

En este reportaje y de forma muy resumida, hablaremos de la tensa relación que existió entre autor y creación, se intentaremos analizar el por qué del éxito del detective, y nos referiremos tanto a los pastiches sherlockianos (haciendo alusión a algunos de ellos) como, de forma muy breve, a su paso por el cine.

 

I – Muerte y resurrección de un héroe de masas

Sherlock Holmes aparece por primera vez en Estudio en Escarlata (1887) y El signo de los cuatro (1890); ambas novelas tuvieron en su momento una poco entusiasta acogida por parte de la crítica y el público, pronosticando de esta manera un futuro poco alentador para el detective. Pero aquello no sería más que una ilusión. Muy poco después, el detective se convertiría en un personaje de éxito cuando sus casos, en forma de relatos cortos, empezasen a ser publicados en el Strand Magazine.

De la noche a la mañana se había convertido en un héroe de masas, y aquello trajo sus inconvenientes. Doyle empezaría a sentirse abrumado por una situación y un personaje que no le dejaban centrarse en asuntos que consideraba más serios, como la novela histórica. Por ello, antes incluso de finalizar las doce primeras historias que juntas terminarían componiendo Las aventuras de Sherlock Holmes (1892), comenzaría a acariciar la idea de matar a su creación. Así, y tras haber escrito algo más de una veintena de historias, en El problema final, último relato de la serie Las memorias de Sherlock Holmes (1894), se lo quitaría de en medio arrojándole por las cataratas del Reichenbach junto a su archienemigo Moriarty, consumando de esta manera sus deseos.

El público comprobó atónito cómo se acababa miserablemente con la vida del mayor detective de todos los tiempos, y las protestas no pudieron ser más enérgicas ante tan cruel asesinato. Doyle empezaría a recibir una avalancha de cartas no precisamente agradables, e incluso su madre le inquirió a que diera alguna solución a aquella insensatez. El personaje de ficción había adquirido tal fuerza y personalidad que terminaría imponiéndose sobre el autor: Finalmente, la presión obligaría a Doyle a publicar en 1902 la novela El sabueso de los Baskerville, y poco más tarde terminaría resucitándolo en La aventura de la casa vacía.

Tras protagonizar otros tantos casos, recogidos en El regreso de Sherlock Holmes (1905) y El último saludo de Sherlock Holmes (1917), y resolver otro gran misterio en El valle del terror (1915), Doyle por fin lograría retirar a su personaje. Esta vez sin provocar el revuelo del público. Arrancándole de su querido Londres, se le obligaría a llevar una sencilla y honrosa vida en el campo, en donde emplearía sus dotes de observación ya no en la búsqueda de asesinos, chantajistas o espías, si no en el estudio de la apicultura. Mas ahí seguiría Watson, el cronista, y sin duda añorando tiempos mejores junto a su amigo, acabaría dando a conocer algunos de los más brillantes casos nunca contados, reunidos en El archivo de Sherlock Holmes (1927).

Conan Doyle hizo desfilar a su detective por cuatro novelas y cincuenta y seis relatos recopilados en cinco volúmenes. Esta obra es conocida comúnmente como el Canon Sherlockiano, realizada entre 1887 y 1927. Como una maldición, Sherlock Holmes terminaría acompañando a Conan Doyle a lo largo de toda su vida.

II – El éxito de Sherlock Holmes

Doyle dio con el éxito gracias a Sherlock Holmes, casi por casualidad y sin haberlo buscado, como suele ocurrir en la mayoría de los casos.
El autor logró crear casi sesenta retos dignos del mayor detective de todos los tiempos, escritos con una gran calidad narrativa y una imaginación desbordante. Pero quizá los aspectos principales de su éxito haya que buscarlos tanto en la fórmula y la estructura que se utilizó para la confección de los relatos (planteamiento de un problema y resolución de éste) como en esos personajes tan fuera de lo común que desfilan por toda la obra, así como en la perfecta ambientación de las narraciones.

La estructura:

La mayoría de las aventuras de Sherlock Holmes se estructuraron de la misma manera:
Al comenzar la narración, un personaje irrumpe en escena planteando un problema (principio); tras ello, se lleva a cabo una investigación cuyo objetivo es el esclarecimiento de éste, (nudo), el cual finalmente es resuelto, tras lo que el detective explica paso a paso cómo lo ha logrado, a partir de un proceso deductivo y analítico (final).
Gran parte de los problemas planteados son un auténtico desafío para el detective, pero siempre hay una pequeña pista, un mínimo desliz del villano o una pieza oculta a primera vista, que sirven para que la gran mente deductiva y observadora de Holmes llegue a la solución. La sociedad victoriana en particular y toda la sociedad de finales del siglo XIX y principios del XX en general, debieron maravillarse ante el hombre que no solo era capaz de resolver unos misterios en apariencia imposibles, sino que también describía cómo lo había logrado, haciendo así partícipe a todo el mundo de su genio.

Los personajes:

Sherlock Holmes: El gran detective es una eminencia en muchos campos y un ignorante en otros tantos; sus conocimientos en muchas materias esenciales son nulos, e incluso no tenía ni idea de que la tierra girase alrededor del sol. Es misógino, vanidoso, egocéntrico y tremendamente desordenado, pero también un auténtico virtuoso del violín y todo un caballero, con un profundo sentido de la justicia y exquisito tacto. Poco se sabe de su pasado y su familia, puesto que no es dado a hablar sobre asuntos personales.
De la misma manera que el frenesí puede invadirle en medio de una investigación, es proclive, en momentos de poca actividad mental, a caer en estados de apatía que en ocasiones le llevan a las drogas. Vive para y por su profesión, y el resto, excepto alguna que otra cosa, le viene a importar más bien poco.

El doctor John Watson: Salvo por el valor y la fidelidad que profesa al detective, el buen médico y cronista no destaca especialmente en nada, y eso es precisamente lo que crea un fuerte contraste entre ambos personajes. No comprende muchas de las manías y excentricidades de su compañero, pero no por ello deja de admirar y de asombrarse ante los logros de aquel que considera como el mejor y más sabio hombre que ha conocido.

Mycroft Holmes: Según el propio Sherlock, si alguien es superior en deducción y observación a él, ese es su hermano Mycroft, quien asimismo sería el mejor detective del mundo si tuviera ambición y energía, o si todo pudiera resolverse desde la comodidad de un sillón. Fue uno de los fundadores del Club Diógenes, el más raro de todo Londres, entre cuyos miembros es fácil encontrar a algunos de los hombres más insociables de toda la ciudad. Trabaja para el Gobierno británico desempeñando un curioso puesto, y su palabra llegó a decidir la política de la nación en varias ocasiones. Si bien en pocos, Doyle le hace aparecer en algunos de los relatos.

James Moriarty: Matemático prodigioso, y cabeza pensante de un complejo sindicato internacional del crimen, Moriarty es la única mente capaz de rivalizar con la de Holmes, quien a su vez tiene en él a su mayor adversario. La fama que ha adquirido no va pareja con su escasa presencia, puesto que, a lo largo del Canon, únicamente aparece en contadísimas ocasiones, y sólo en una de ellas de forma activa. Eso sí, para matar a nuestro protagonista.

Inspector Lestrade: Astuto y brillante agente de Scotland Yard (a mí me parecía astuto y brillante, que cada uno lo juzgue como quiera) que ve con incredulidad los particulares métodos deductivos del detective. Ambas mentes son proclives a chocar y enfrentarse entre ellas. El desdén con que suele tratar a Holmes, oculta en el fondo un profundo respeto hacia su figura, y en muchas ocasiones se tiene que tragar su orgullo y pedir su ayuda en algún que otro caso fuera de lo común.

El ambiente:

Las historias no se desarrollan en una ciudad vaga o difusa, sino en un Londres que vibra de vida, en donde el lector es incluso capaz de escuchar a los caballos hiriendo el empedrado de la calle o a la lluvia golpeteando insistentemente los cristales de Baker street. El autor se recrea hasta en los más mínimos detalles de las gentes, costumbres y rincones de la capital inglesa, que describe milímetro a milímetro, creando un marco tremendamente realista y colorido que ayuda a intensificar la acción.

III - Sherlock Holmes tras Conan Doyle

Décadas después de la muerte de Doyle, Sherlock Holmes sigue entre nosotros más vivo que nunca. El personaje se ha vuelto inmortal y día tras día sigue sorprendiéndonos con aventuras inéditas. Una gran número de escritores, que van desde Adrian Conan Doyle hasta Stephen King, ha ido redescubriendo un sinfín de casos nunca contados por el Doctor Watson, convirtiendo al detective en el personaje de ficción más utilizado en la literatura. Todas estas historias son conocidas con el nombre de pastiches.

Entre los más importantes, cabría destacar el conjunto de doce relatos que, englobados bajo el título de Las hazañas de Sherlock Holmes, realizaron en colaboración Adrian Conan Doyle (hijo del creador) y John Dickon Carr, célebre escritor de novelas policíacas. Estos relatos, basados en casos referidos pero nunca contados por el doctor Watson a lo largo del Canon, están considerados como los pastiches de mayor calidad realizados hasta el momento, así como la más fiel recreación del universo sherlockiano.

Quizá no tan fieles al Canon pero sí de una calidad literaria evidente, son las aventuras en las que Maurice Leblanc enfrenta a Sherlock Holmes (quien pasa a llamarse Herlock Sholmes) con Arséne Lupin, el bandido más famoso de la literatura. Su creación fue contemporánea a los escritos de Conan Doyle, y seguramente por estar su figura todavía bajo derechos de autor, Leblanc realizase esa curiosa cabriola con su nombre.
En estas historias se nos muestra a un Holmes (o Sholmes, mejor dicho) un tanto exagerado, una caricatura, una mezcla de fanfarrón refinado y tipo “duro” que no tiene nada que ver con el original. Aún así no deja de ser el único antagonista digno de medirse con el ladrón de guante blanco más famoso de toda Europa, aunque éste siempre se le escape de las manos en el último momento y de la forma más inverosímil.

Lejos de buscar la parodia como en el caso de Leblanc, muchos autores rindieron tributo al Canon desarrollando tramas fantásticas e incluso retorcidas, intentando explicar de manera original algunos de los misterios que giran en torno a la vida de Holmes o simplemente pretendiendo dar un paso más allá dentro del Mito. En La última aventura, de Michael Diblin, nuestro personaje debe utilizar todo su ingenio para dar caza a otro de los iconos más célebres del Londres victoriano, Jack el Destripador. Todo acaba cuando un asombrado doctor Watson descubre a su compañero dedicándose en cuerpo y alma a descuartizar el cuerpo de una muchacha. Por su parte en Adiós, Sherlock Holmes, de Robert Lee Hall, se termina descubriendo que Holmes y Moriarty en realidad son dos clones (uno bueno y otro corrompido) que han venido del futuro, en unas extrañas máquinas del tiempo que mantienen a buen recaudo de ojos indiscretos.

También han sido muchos los escritores españoles que han ayudado a engrandecer el universo de Sherlock Holmes:
Así, por ejemplo, tenemos las hilarantes y disparatadas historias escritas por Enrique Jardiel Poncela, entre las que destaca Los 38 asesinatos y medio del castillo de Hull, en donde el detective, tras someter las circunstancias a la fuerza de la lógica, llega a la conclusión de que él mismo tiene que ser el asesino, o Los secretos de San Gervasio, de Carlos Pujol, cuya acción se desarrolla en Barcelona y que nos muestra a un simpático Holmes que se termina amoldando muy bien a las costumbres españolas. En esta última obra la trama detectivesca queda en un segundo plano, y tanto es así, que se queda sin resolver un misterio que habría sido un juego de niños para el Holmes de Doyle. Uno de sus pocos fracasos a lo largo de su extensa carrera.

Pero Holmes no solo ha resuelto infinidad de casos en los libros, sino también en la gran pantalla. Desde muy temprano probaría suerte en el mundo del cine, y a partir de principios del siglo XX empezaría a asomar su aguileña nariz en multitud de películas.

La vida privada de Sherlock Holmes, de Billy Wilder, además de ser uno de los mejores pastiches cinematográficos, está considerada por muchos como una obra maestra. En 1914, en Alemania, Rudolf Meinert dirige la primera versión de las muchas que más tarde se harán sobre El sabueso de los Baskerville. Entre la década de los 30 y los 40, el actor Basil Rathbone protagonizaría una quincena de películas, junto a Nigel Bruce, en el papel de un tontorrón Watson. En Asesinato por decreto, Christopher Plummer y James Mason deberán dar caza a Jack el Destripador. El hermano más listo de Sherlock Holmes, dirigida y protagonizada por Gene Wilder, nos muestra a un desconocido hermano del detective, un ser un tanto bobalicón y orgulloso, pero con mucha suerte. Y finalmente podríamos nombrar El secreto de la pirámide, producida por Spielberg, en donde se juega con el Mito y se nos presenta lo que habría ocurrido si Holmes y Watson se hubiesen conocido de estudiantes en un internado.

En referencia a las producciones hechas para la televisión, cabría destacar la serie realizada por los estudios Granada entre 1982 y 1993, y que logró llevar a la pequeña pantalla gran parte de los escritos del Canon. Jeremy Brett (a quien el papel le costó la salud y quizá la vida) encarnó a un ampuloso Holmes que sin duda da el pego, y primero David Burke y luego Edward Hardwicke a un magnífico y valeroso Watson. Destaca su ambientación y su fidelidad al Canon, salvo en algunos capítulos, como aquellos en los que, debido a la delicada salud de Brett, tuvieron que incluir a otros personajes que le relevasen en el trabajo.

IV – Más allá de la ficción

¿Hasta qué punto Sherlock Holmes es ficción?
Cualquiera que vaya a Londres puede pasarse por Baker street y darse una vuelta por su casa, e incluso leer la ingente correspondencia que, desde todos los rincones del mundo, ha ido llegando a nombre del detective.
También debe ser de los pocos (si no el único) personaje ficticio al que han dedicado diversas biografías. Parecerá increíble, pero ahí tenemos la documentadísima obra de W.S. Baring-Gould, Sherlock Holmes de Baker Street, que logra dar respuesta a muchos de los interrogantes que rodean a su figura, o la recientemente publicada Sherlock Holmes, Biografía, de Paul M. Viejo.
Si no existió, ¿Cómo es posible que su casa pueda ser visitada? ¿Y cómo es posible que se pueda investigar sobre su vida?
Lo que ha pasado es que generaciones y generaciones de sherlockianos han logrado dar vida al Mito, gracias a su entusiasmo, a su nostalgia por ese Londres victoriano tan bien descrito por Conan Doyle, y a la veneración profesada al mayor detective de todos los tiempos.
¿Qué opinaría Arthur Conan Doyle de todo esto? ¿Y el doctor Joseph Bell?

Obras consultadas

-ARTHUR CONAN DOYLE, Memorias y Aventuras, ed. Valdemar

-DAVID STUART DAVIS (Prólogo de), The complete Sherlock Holmes, ed. CRW Publishing Limited

-JUAN MANUEL IBEAS (Apéndice de), Las aventuras de Sherlock Holmes, ed. Anaya

-JUAN TEBAR (Apéndice de), El regreso de Sherlock Holmes, ed. Anaya.

-DAVID KIRBY (Prólogo de), Las hazañas de Sherlock Holmes, ed. Valdemar